Ayer caminé solo. Caminé tranquilo.
Abrí una lata de cerveza sobre la rodilla y llevé los ojos hasta las pecas de una señora paseante sin preguntar qué podía molestarle, qué podía pensar de un chico como yo que la miraba de la manera en la que suelo mirar, que quizá es un poco inestable o quizá es polvo y también cuchillo. No sé mirar de otra forma, tampoco tengo que disculparme.
Entré en un restaurante para pedir la carta en una barra pegajosa. Comí marisco mirando al techo de tachuelas y leí la carta como si leyese la portada de un libro que lo da todo: había tantas cosas, tantos cafés diferentes y tantos posibles cocineros (barbudos y lampiños) que gesticulaban con las manos y chapoteaban en su propio sudor desmadrado (y tantos ayudantes que revoloteaban silbando las canciones de una cuenta).
Caminé las calles que siempre me habían parecido iguales y realmente eran todas nuevas: no había nadie y estaba todo el mundo allí (no sé explicarlo de una forma mejor): pero por lo menos había gente que podía chocar conmigo y que levantaría los ojos mirando la lata de cerveza que apretaba un poco debajo del puente.
Al final de la noche me fijé en sus ojos que caían con palomas muertas y eran un círculo y un color, pero al mismo tiempo eran esquivos como si todo pudiese doler demasiado y eran escaleras de caracol destruidas en sus peldaños de en medio y también (eso pensé) eran una habitación repleta de cosas innecesarias. Y no había nada que cupiese allí, nada más (eso pensé) y me fijé en otros ojos en realidad todos los que pude con mi nueva cerveza aligerando, y vi salones inmensos, áticos y terrazas, cocinas blanquísimas, dormitorios gigantes. Pero en todos ellos ya había llegado el señor de la mudanza con sus trastos apilados. Y en todos ellos apenas había un milímetro abierto a una nueva imagen (un trozo de madera, una tuerca, una pegatina de colores), y mucho menos un milímetro disponible para una nueva presencia.
Era el final de la noche y me despedí de la cerveza en un cubo de basura amarillo.
El final de la noche, subiendo la calle como un camello cuando las gotas empezaron a golpear los soportales con gotas gordas como ballenas (gotas gigantes, hermanas y gemelas todas ellas del resto) y seguí caminando solo (tranquilo) con esa lluvia que parecía trópico y selva y que parecía que me envolvía desde la nuca hasta los dedos empapados para fundirme en algún charco (en algún estanque de ranas que no dejan nunca de croar).
Ella, la piedra
lunes, 29 de abril de 2013
lunes, 22 de abril de 2013
El Sudor
A veces se despierta empapada en sudor un sudor pringoso que huele en sus axilas un sudor como líquido amniótico goteando por su espalda envuelta, envuelta toda ella en miles de capas de pijamas y frases y proposiciones e incluso conceptos de la misma frazada que ha de ocultar su cuerpo.
A veces acerca sus pómulos a un sobaco, tanteando, una mueca (un gesto) una comprensión (quizá) un momento de reconocimiento (¿si?) de clarividencia de un puente (ese puente) que se tiende por encima y por debajo (ese puente que cruza incluso alambradas) un puente también un acueducto (y agua) como mocos muy sueltos que salen desde su axila hasta los pómulos duros (cuadrados) de su cara (cuadrada ¿redonda?) que ahora recorre el aire, que mira los techos mientras se sienta erguida
y fuma un mentolado
y fuma un mentolado
y fuma un mentolado erguida
su cara (cuadrada) que ahora no mira
pero ve (¿más allá?)
eso que llaman imaginación y quizá es el humo porque ella es desnuda (un instante)
y ve (¿más allá?) un árbol
(de verdad, un árbol)
o el olor de un árbol (manzanas) o ciruelas o quizá las flores del almendro que van (allí) que se agitan y una hojita que cae sobre la cabeza desnuda de un hombre (él) que, recuerda, fue alguien (algo) una persona (¿un concepto?) quizá un sobresueldo de posibilidades una imagen de la existencia más allá de las capas y los lugares e incluso de los propios árboles bajo los que él se sentaba para leer las manos.
Él, dice ella
(fumando un mentolado)
y piensa, él (quizá él) todavía esté allí y todavía no se mueva y todavía no sepa que tiene que moverse (o ella dice que el movimiento es necesario, pero su movimiento) y todavía no sepa que las manos no leen nada más que las manos
que las huellas dactilares son indescifrables como dijo de las mías cuando me invitó a su árbol y me tomó un dedo meñique (uno, yo creí que los dos) y susurró que quizá sería bueno que dejase de morderme las uñas (cosa que no hacía como le dije).
Él (¿él?) quizá esté todavía allí, esperando, pero a qué espera (piensa)
y apaga el mentolado
(ya no hay humo)
a qué espera
(¿espera algo?)
¿tan lejos?
¿tan lejos que ya ni siquiera el puente es acueducto?
(¿tan lejos?)
A veces ella se ducha muy rápido, a veces muy lento, observando el sudor que cae como estalactita hacia el desagüe. A veces el timbre suena por la noche y ella abre las piernas a lo desconocido (un instante) que escuece (aunque no llora) entre dos botellas de vino seco y enseguida empuja lejos y enseguida cierra su puerta con llave.
A veces mira la cama mirando el techo y piensa en él y enciende un mentolado a ver qué pasa a ver qué espera el humo a ver qué puede esperar él (tan lejos) aunque en el fondo no entiende (quizá no puede) que él no espera o que si espera sólo espera la lluvia debajo del árbol,
esa lluvia fina
(que empapa)
esa lluvia fina
(que empape)
A veces acerca sus pómulos a un sobaco, tanteando, una mueca (un gesto) una comprensión (quizá) un momento de reconocimiento (¿si?) de clarividencia de un puente (ese puente) que se tiende por encima y por debajo (ese puente que cruza incluso alambradas) un puente también un acueducto (y agua) como mocos muy sueltos que salen desde su axila hasta los pómulos duros (cuadrados) de su cara (cuadrada ¿redonda?) que ahora recorre el aire, que mira los techos mientras se sienta erguida
y fuma un mentolado
y fuma un mentolado
y fuma un mentolado erguida
su cara (cuadrada) que ahora no mira
pero ve (¿más allá?)
eso que llaman imaginación y quizá es el humo porque ella es desnuda (un instante)
y ve (¿más allá?) un árbol
(de verdad, un árbol)
o el olor de un árbol (manzanas) o ciruelas o quizá las flores del almendro que van (allí) que se agitan y una hojita que cae sobre la cabeza desnuda de un hombre (él) que, recuerda, fue alguien (algo) una persona (¿un concepto?) quizá un sobresueldo de posibilidades una imagen de la existencia más allá de las capas y los lugares e incluso de los propios árboles bajo los que él se sentaba para leer las manos.
Él, dice ella
(fumando un mentolado)
y piensa, él (quizá él) todavía esté allí y todavía no se mueva y todavía no sepa que tiene que moverse (o ella dice que el movimiento es necesario, pero su movimiento) y todavía no sepa que las manos no leen nada más que las manos
que las huellas dactilares son indescifrables como dijo de las mías cuando me invitó a su árbol y me tomó un dedo meñique (uno, yo creí que los dos) y susurró que quizá sería bueno que dejase de morderme las uñas (cosa que no hacía como le dije).
Él (¿él?) quizá esté todavía allí, esperando, pero a qué espera (piensa)
y apaga el mentolado
(ya no hay humo)
a qué espera
(¿espera algo?)
¿tan lejos?
¿tan lejos que ya ni siquiera el puente es acueducto?
(¿tan lejos?)
A veces ella se ducha muy rápido, a veces muy lento, observando el sudor que cae como estalactita hacia el desagüe. A veces el timbre suena por la noche y ella abre las piernas a lo desconocido (un instante) que escuece (aunque no llora) entre dos botellas de vino seco y enseguida empuja lejos y enseguida cierra su puerta con llave.
A veces mira la cama mirando el techo y piensa en él y enciende un mentolado a ver qué pasa a ver qué espera el humo a ver qué puede esperar él (tan lejos) aunque en el fondo no entiende (quizá no puede) que él no espera o que si espera sólo espera la lluvia debajo del árbol,
esa lluvia fina
(que empapa)
esa lluvia fina
(que empape)
jueves, 18 de abril de 2013
El Sueño
Hay dos cuchillos en su mirada.
Un cuchillo entre sus dedos mientras se arrastra por el barro de la cueva.
Ella es la Mata Madres,
aunque no lo sabe, aunque nadie lo dice y nadie pronuncia su nombre. Sería como gritar "hecatombe!" justo antes de que la sangre salpique, llena de entrañas.
Por eso la miran con respeto.
Los tigres se alejan cabizbajos, las paredes se silencian, el barro ahora es duro y seco y su cuchillo reluce con la luz de dos bombillas que sostiene entre los dientes.
–Mujer!
Y cuando ella grita todos se esconden.
–Mujer!
Y las bombillas iluminan el suelo resquebrajado.
Hay una vieja con dos arrugas en los ojos.
–Pequeña.
Sus manos se extienden. Intenta abrazarla.
Sus dedos no tiemblan, finos, capaces de lluvia y pasto, capaces de una tempestad, de una caricia sobre la nuca del bebé agonizante. Sus manos crecen las crines de caballos, sus ojos aligeran la cesta de hilanderas. Sus arrugas comen peste, sus arrugas comen héroes.
–Pequeña, perdida, perdida con la mano en un corazón que te pertenece como a todos la coraza de una almendra. Pequeña niña de los cerros que se escapó para vivir lo que ya nadie aguanta. Pequeña hija de una luna pequeño esquema de los trapecios y los columpios que nunca llegamos a ver. Pequeña, perdida en sí misma.
–Yo, yo no soy de tu vientre.
Las bombillas reflejan el cuchillo la sangre la bruma, la caída los diapasones que retumban en la cueva donde ya nadie habla y ya nadie respira:
los tigres comen de sus propias rayas amarillas, las hienas se devoran los dientes, mientras una niña desaparece en su propio orín.
Y nadie habla.
Nadie se queja.
Nadie se acerca a la Mata Madres.
Y ella permanece, observando, de rodillas a punto de un grito (la boca muy abierta) a punto de un sonido que cruce sus ojos.
Un sonido que nunca llega.
Un cuchillo entre sus dedos mientras se arrastra por el barro de la cueva.
Ella es la Mata Madres,
aunque no lo sabe, aunque nadie lo dice y nadie pronuncia su nombre. Sería como gritar "hecatombe!" justo antes de que la sangre salpique, llena de entrañas.
Por eso la miran con respeto.
Los tigres se alejan cabizbajos, las paredes se silencian, el barro ahora es duro y seco y su cuchillo reluce con la luz de dos bombillas que sostiene entre los dientes.
–Mujer!
Y cuando ella grita todos se esconden.
–Mujer!
Y las bombillas iluminan el suelo resquebrajado.
Hay una vieja con dos arrugas en los ojos.
–Pequeña.
Sus manos se extienden. Intenta abrazarla.
Sus dedos no tiemblan, finos, capaces de lluvia y pasto, capaces de una tempestad, de una caricia sobre la nuca del bebé agonizante. Sus manos crecen las crines de caballos, sus ojos aligeran la cesta de hilanderas. Sus arrugas comen peste, sus arrugas comen héroes.
–Pequeña, perdida, perdida con la mano en un corazón que te pertenece como a todos la coraza de una almendra. Pequeña niña de los cerros que se escapó para vivir lo que ya nadie aguanta. Pequeña hija de una luna pequeño esquema de los trapecios y los columpios que nunca llegamos a ver. Pequeña, perdida en sí misma.
–Yo, yo no soy de tu vientre.
Las bombillas reflejan el cuchillo la sangre la bruma, la caída los diapasones que retumban en la cueva donde ya nadie habla y ya nadie respira:
los tigres comen de sus propias rayas amarillas, las hienas se devoran los dientes, mientras una niña desaparece en su propio orín.
Y nadie habla.
Nadie se queja.
Nadie se acerca a la Mata Madres.
Y ella permanece, observando, de rodillas a punto de un grito (la boca muy abierta) a punto de un sonido que cruce sus ojos.
Un sonido que nunca llega.
lunes, 15 de abril de 2013
La Esperanza
Ella camina con los pies desnudos sobre la piedra, con el
calor de la piedra en las plantas, con el calor en las rodillas.
Un calor que desordena sus rizos y sus huesos delgados que
se mueven muy rápido como en sacudidas.
Pero ella se detiene, quizá por eso, y mira alrededor.
Mira el parking vacío las naves los carritos de bebé los
comercios de verjas gruesas las fábricas sin nombre impreso.
Mira el cielo, pero no lo reconoce, y corre casi sin posar los
dedos, casi sin mirar los filos de cristal roto que estancan en la acera.
Se lava frenética los pies en el bidé, consigue calcetines a
docenas que luego engordan sus dedos y engordan sus ojos que ahora parecen
cristales tintados.
Sus pezones están duros.
Sus labios son granito.
Sus rodillas cortan el sonido de una flauta allá abajo en el
patio.
Ella mira por la ventana, pero la imagen no es visible. La
emoción siempre sale por detrás de unos biombos (altos, granates), y nunca se ve.
Por eso ella no puede verla.
Se deja caer sobre el cojín.
Abre un periódico que cierra la luna (su luna), y ordena signos extraños en cuadrantes de crucigrama porque quizá
haya un sentido, o un propósito, o un cuadrante más (acaso un esquema) de lo
que tiene que ser caminar con los pies desnudos sobre la piedra.
Al menos ella piensa, y hace un dibujo, casi involuntario, de una gaviota, o un pájaro sincero que sobrevuela por las
necrológicas.
Y ella tiembla al verlo.
Y abraza una manta gorda y pesada que ahora cae sobre su
cuerpo.
Sus pezones están duros.
Sus manos tienen yagas.
Sus ojos se cierran. Su ombligo cae. La suerte parece que no
existe, pero ella la exhala.
Y ella la destruye.
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