lunes, 15 de abril de 2013

La Esperanza


Ella camina con los pies desnudos sobre la piedra, con el calor de la piedra en las plantas, con el calor en las rodillas.
Un calor que desordena sus rizos y sus huesos delgados que se mueven muy rápido como en sacudidas.
Pero ella se detiene, quizá por eso, y mira alrededor.
Mira el parking vacío las naves los carritos de bebé los comercios de verjas gruesas las fábricas sin nombre impreso.
Mira el cielo, pero no lo reconoce, y corre casi sin posar los dedos, casi sin mirar los filos de cristal roto que estancan en la acera.

Se lava frenética los pies en el bidé, consigue calcetines a docenas que luego engordan sus dedos y engordan sus ojos que ahora parecen cristales tintados.
Sus pezones están duros.
Sus labios son granito.
Sus rodillas cortan el sonido de una flauta allá abajo en el patio.
Ella mira por la ventana, pero la imagen no es visible. La emoción siempre sale por detrás de unos biombos (altos, granates), y nunca se ve.
Por eso ella no puede verla.

Se deja caer sobre el cojín.
Abre un periódico que cierra la luna (su luna), y ordena signos extraños en cuadrantes de crucigrama porque quizá haya un sentido, o un propósito, o un cuadrante más (acaso un esquema) de lo que tiene que ser caminar con los pies desnudos sobre la piedra. 
Al menos ella piensa, y hace un dibujo, casi involuntario, de una gaviota, o un pájaro sincero que sobrevuela por las necrológicas.
Y ella tiembla al verlo.
Y abraza una manta gorda y pesada que ahora cae sobre su cuerpo.

Sus pezones están duros.
Sus manos tienen yagas.
Sus ojos se cierran. Su ombligo cae. La suerte parece que no existe, pero ella la exhala. 
Y ella la destruye.

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