jueves, 18 de abril de 2013

El Sueño

Hay dos cuchillos en su mirada.
Un cuchillo entre sus dedos mientras se arrastra por el barro de la cueva.
Ella es la Mata Madres,
aunque no lo sabe, aunque nadie lo dice y nadie pronuncia su nombre. Sería como gritar "hecatombe!" justo antes de que la sangre salpique, llena de entrañas.

Por eso la miran con respeto.
Los tigres se alejan cabizbajos, las paredes se silencian, el barro ahora es duro y seco y su cuchillo reluce con la luz de dos bombillas que sostiene entre los dientes.
–Mujer!
Y cuando ella grita todos se esconden.
–Mujer!
Y las bombillas iluminan el suelo resquebrajado.

Hay una vieja con dos arrugas en los ojos.
–Pequeña.
Sus manos se extienden. Intenta abrazarla.
Sus dedos no tiemblan, finos, capaces de lluvia y pasto, capaces de una tempestad, de una caricia sobre la nuca del bebé agonizante. Sus manos crecen las crines de caballos, sus ojos aligeran la cesta de hilanderas. Sus arrugas comen peste, sus arrugas comen héroes.
–Pequeña, perdida, perdida con la mano en un corazón que te pertenece como a todos la coraza de una almendra. Pequeña niña de los cerros que se escapó para vivir lo que ya nadie aguanta. Pequeña hija de una luna pequeño esquema de los trapecios y los columpios que nunca llegamos a ver. Pequeña, perdida en sí misma.
–Yo, yo no soy de tu vientre.

Las bombillas reflejan el cuchillo la sangre la bruma, la caída los diapasones que retumban en la cueva donde ya nadie habla y ya nadie respira:
los tigres comen de sus propias rayas amarillas, las hienas se devoran los dientes, mientras una niña desaparece en su propio orín.
Y nadie habla.
Nadie se queja.
Nadie se acerca a la Mata Madres.
Y ella permanece, observando, de rodillas a punto de un grito (la boca muy abierta) a punto de un sonido que cruce sus ojos.
Un sonido que nunca llega.










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