lunes, 29 de abril de 2013

La Calle

Ayer caminé solo. Caminé tranquilo.
Abrí una lata de cerveza sobre la rodilla y llevé los ojos hasta las pecas de una señora paseante sin preguntar qué podía molestarle, qué podía pensar de un chico como yo que la miraba de la manera en la que suelo mirar, que quizá es un poco inestable o quizá es polvo y también cuchillo. No sé mirar de otra forma, tampoco tengo que disculparme.
Entré en un restaurante para pedir la carta en una barra pegajosa. Comí marisco mirando al techo de tachuelas y leí la carta como si leyese la portada de un libro que lo da todo: había tantas cosas, tantos cafés diferentes y tantos posibles cocineros (barbudos y lampiños) que gesticulaban con las manos y chapoteaban en su propio sudor desmadrado (y tantos ayudantes que revoloteaban silbando las canciones de una cuenta).
Caminé las calles que siempre me habían parecido iguales y realmente eran todas nuevas: no había nadie y estaba todo el mundo allí (no sé explicarlo de una forma mejor): pero por lo menos había gente que podía chocar conmigo y que levantaría los ojos mirando la lata de cerveza que apretaba un poco debajo del puente.
Al final de la noche me fijé en sus ojos que caían con palomas muertas y eran un círculo y un color, pero al mismo tiempo eran esquivos como si todo pudiese doler demasiado y eran escaleras de caracol destruidas en sus peldaños de en medio y también (eso pensé) eran una habitación repleta de cosas innecesarias. Y no había nada que cupiese allí, nada más (eso pensé) y me fijé en otros ojos en realidad todos los que pude con mi nueva cerveza aligerando, y vi salones inmensos, áticos y terrazas, cocinas blanquísimas, dormitorios gigantes. Pero en todos ellos ya había llegado el señor de la mudanza con sus trastos apilados. Y en todos ellos apenas había un milímetro abierto a una nueva imagen (un trozo de madera, una tuerca, una pegatina de colores), y mucho menos un milímetro disponible para una nueva presencia.
Era el final de la noche y me despedí de la cerveza en un cubo de basura amarillo.
El final de la noche, subiendo la calle como un camello cuando las gotas empezaron a golpear los soportales con gotas gordas como ballenas (gotas gigantes, hermanas y gemelas todas ellas del resto) y seguí caminando solo (tranquilo) con esa lluvia que parecía trópico y selva y que parecía que me envolvía desde la nuca hasta los dedos empapados para fundirme en algún charco (en algún estanque de ranas que no dejan nunca de croar).


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